Por JOSE SUPERA EscritorUn campo de flores silvestres. Un atardecer. Un sol de libertad. Del cielo cae la salvación. Ángeles en paracaídas. Ángeles salvadores. Los ojos de la nena brillan. Es el fin de guerra, del horror, del holocausto. Es el fin de una era. Y el comienzo de esta historia. Helene cuenta que ese recuerdo del fin de la guerra es uno de los primeros recuerdos que tiene de cuando era chica.
La historia de Helene Gutkowski tiene que ver mucho con una llama que ella dice que debe mantenerse siempre encendida. La de la memoria. Helene fue una niña francesa escondida durante la Segunda Guerra Mundial. Escondida. Niña. Guerra. Fue uno de esos 100 mil niños judíos sobrevivientes a la Shoa. El otro millón y medio de niños judíos fue exterminado. Exterminado. Porque se creía que los niños eran portadores de futuro. Portadores. “Un día me pregunté que podía dejarle a este mundo”, nos cuenta esta mujer reflexionando sobre su pasado y en su voz hay dolor pero también fuerza y coraje.
Helene es socióloga. Tiene varios libros publicados. Desde hace más de 30 años viene trabajando con la memoria. Con la suya y la de los demás. “Después de recibirme en la carrera de Sociología, empecé a trabajar en Sociedad Hebraica con personas mayores. Eran más de 100. Y todos hablaban en idishe. La primera vez que los escuché hablar, sentí que estaba en mi casa, que ese era mi lugar. Al escribir, siempre me enfrento con mi no-memoria, ya que los 5 primeros años de mi vida, enmarcados por los 5 años de la guerra, son una especie de vacío, de agujero negro”.
HISTORIA DEL DOLOR Los padres de Helene eran de un pueblo chico de Polonia. Su padre vendía y compraba vacas. Decidieron irse de Polonia por las presiones que estaba sufriendo el pueblo judío. Se fueron a Francia, a un lugar más acogedor. Helene nació ahí en el 39, unos meses después de empezada la guerra. “No se puede permitir que no se hable más de la Shoa. Fue algo tan horrendo, que hay que hacer todo lo posible para que eso quede como una prueba de lo que puede hacer el ser humano a otro ser humano, y que eso no vuelva a ocurrir” “El 16 de julio de 1942, yo estaba con mi madre y mi hermano. Tenía dos años y mi hermano 11. Mi madre estaba sola con nosotros porque mi padre se había enrolado en el ejército. Las cosas se habían puesto muy complicadas para los judíos. Francia se había rendido y estaba dividida en dos. Una mañana los policías franceses subieron y golpearon la puerta de nuestro apartamento. Buscaban judíos. Mi mamá era una persona miedosa. Unas horas antes, le había dicho a mi hermano que si golpeaban la puerta no íbamos a abrir. Golpearon. No contestamos. Mi hermano me tapaba la boca. Yo lloraba. No tiraron la puerta y se fueron. Ese fue nuestro primer milagro”. Después de unos días encerrados en el departamento, escaparon. Su padre se encontró con ellos a 20 kilómetros de París. Había que tomar una decisión. Cuanto antes. Lo que estaban decidiendo todos los judíos era irse hacia la zona sur francesa, que todavía era zona libre. Pero eran cuatro. El niño estaba circuncidado, no se podía esconder que era judío.
Lo de la pequeña Helene era distinto. Sus padres decidieron intentar pasar a la zona libre junto a su hermano. A Helene la dejaron con una familia católica. Habían aceptado esconderla bajo la condición de que la niña fuese bautizada. Su verdadera familia se asentó en la parte sur de Francia. Había un intercambio de correos entre las dos familias. Más que nada para mandarle fotos y mostrarles cómo iba creciendo la pequeña Helene. “En el 45 mis padres volvieron a buscarme. Habían estado viviendo el último tiempo en el altillo de la casa de una familia católica que los había protegido. Cuando vinieron yo no los reconocí, no quería irme con ellos. A mí me habían abandonado tres años antes, y ahora yo tenía que abandonar a esta nueva familia. De ahí me llevaron a la casa de la familia que los había protegido a ellos. Mis padres se volvieron a establecer en París; yo ese tiempo estuve con esta última familia. Un año y medio estuve ellos. Después volví con mis verdaderos padres. Fui a un colegio público, tuve una adolescencia normal. En 1961 conocí a mi marido. Él era hijo de una pareja amiga de mis padres, conocida del pueblo de Polonia”.
CAMBIO DE REALIDAD
Helene cuenta que cuando llegó junto a su marido a Argentina en el 71, se asombró de la red de escuelas, clubes e instituciones judías que existían acá. Eso en Europa no se veía. La efervescencia intelectual que había acá, la sorprendió. Los primeros años que estuvo en Buenos Aires fueron un torbellino: tuvo sus hijos, después se sintió muy sola, la mayoría de sus afectos estaba en Francia, comenzó a hundirse, hasta caer en una fuerte depresión.
Helene es socióloga. Tiene varios libros publicados. Desde hace más de 30 años viene trabajando con la memoria. Con la suya y la de los demás “Y entonces me pregunté que podía dejarle a este mundo. No quería tener una vida vacía; era muy lindo tener mis hijos, pero no quería dejar solo eso. Me recibí de socióloga. Empecé a trabajar en Hebraica. Siempre fui de la necesidad de tener proyectos para seguir adelante. Un día conocí a Frida Medi. Ella pertenecía a una asociación de mujeres judías que aportaba ayuda a mujeres en Israel con hijos en edad escolar. Esta mujer había escuchado hablar de un grupo de niños escondidos que se había formado en Estados Unidos. Y decidimos armar un grupo de niños escondidos. Al principio éramos 3 ó 4. Nos juntábamos una vez por mes. Nos hacía bien. Nos contábamos nuestras historias. De alguna forma nos sentíamos más acompañados y menos solos. Algunas veces pasábamos momentos agradables, algunas veces eran tristes”. Pero a los pocos años ese grupo se fue agrandando e incorporó a algunas personas mayores, gente que había estado trabajando en campos de concentración. Y se transformó en lo que hoy es Generaciones de la Shoa: una asociación que nuclea a sobrevivientes de la Shoá, sus hijos, nietos, familiares y aquellos a quienes el tema interesa y compromete. Un espacio donde se encuentran para compartir vivencias y completarlas, pero también para resignificarlas. Fue a una de las coordinadoras de Generaciones de la Shoa, Diana Wang, a quien se le ocurrió la brillante idea del Proyecto Aprendiz. El proyecto busca emparentar a un sobreviviente de la Shoa y a una persona joven. La idea es la transmisión, el legado de la historia, que no se apague la llama de la memoria y siga viva la cadena de relatos. “No se puede permitir que no se hable más de la Shoa. Fue algo tan horrendo, que hay que hacer todo lo posible para que eso quede como una prueba de lo que puede hacer el ser humano a otro ser humano, y que eso no vuelva a ocurrir. Por eso, mientras se escriban notas como estas, mientras la gente hable y recuerde todo lo que pasó, la llama de la memoria, estará encendida por siempre; en los ojos del que ahora estará leyendo esta historia, en el corazón de ese persona, de ese lector, que desde ahora, se transforma en testigo y difusor de nuestra historia, que es la historia de un pueblo, pero a la vez es la historia de todos”.
Mantener viva la memoria
13/Oct/2014
El Día, La Plata, José Supera